EL JINETE PÁLIDO [CINE]

"Y cuando él hubo abierto el cuarto sello, oí la voz de la cuarta bestia decir: “Ven a ver”. Y yo miré. Y contemplé a un caballo pálido y el nombre de su jinete era La Muerte…y el infierno le seguía…"

Podríamos resumir en esta frase (una oración de la Biblia que recita Megan, uno de los personajes en el film) todas las intenciones del eterno y mítico Clint Eastwood al tratar de llevarnos por el lado oscuro de su visión del western. 'El jinete pálido' es el compendio por antonomasia que en filmografía destaca pues en él refleja todo su conocimiento del género, su filosofía vital y su amor hacia el séptimo arte de manera magistral. Un canto desmitificador pero a la vez épico de su sentir hacia un género que en 1985 parecía abocado a desaparecer. Nada más lejos...












... de la realidad. Eastwood no solo logró filmar una de las más evocadoras muestras del género western, sino que además osó mejorar un clásico como 'Raíces profundas' (1955) y fue el germen y semilla de lo que sería su posterior y último western, a la par que su inmortal obra maestra, 'Sin perdón'.

'El jinete pálido' es mucho más que un mero western. Es la culminación de los demonios y filias que venían persiguiendo a Eastwood a lo largo de su carrera. Su más personal y sentido homenaje a todos aquellos directores y artistas a los que el actor californiano siempre ha reverenciado. Leone, Siegel, Peckinpah e incluso algo de John Ford pasan por la retina del  espectador a cada visionado de esta perla de los años 80. Un cúmulo de aciertos y buen hacer tanto delante como detrás de la cámara.


1985 no era un año muy propicio para renovar el género western, pese a 'Silverado' que era netamente un homenaje de Lawrence Kasdan hacia autores como Ford o Howard Hawks. Eastwood siempre ha llevado sus obras personales como director por otras sendas. Del mismo modo que en su debut en 1971 con 'Escalofrío en la noche' trató de dar un giro al thriller, con su primer western hizo lo propio: 'Infierno de cobardes' (1973) donde aunaba venganza, western y elementos casi fantásticos al personaje del cowboy Sin Nombre que tan buen resultado había tenido con Sergio Leone. En aquella ocasión, 'Infierno de cobardes' se convirtió en la primera piedra hacia el camino final del Eastwood como autor total. Más tarde vendría 'El fuera de la ley' (1976), obra redonda que redundaría en perfilar al personaje, pero esta vez dando un toque más humano. Pasarían 9 años hasta que Eastwood volviera a subir a un caballo (una alergia hacia los equinos también tuvo parte de culpa) y fue gracias a un guión de Michael Butler y Dennis Shryack, con los cuales ya había trabajado en la violenta 'Ruta Suicida' (1977), y a la inestimable colaboración de los habituales en su filmografía como Joel Cox en el montaje y Lennie Niehaus en la banda sonora con los que perpetró esta inconmensurable pieza de orfebrería que avanza a cada minuto hacia un épico y devastador final que hace que tiemblen los cimientos no solo del género western, sino de la historia del cine.


Eastwood se enfunda en esta ocasión el rostro de un personaje más cercano al mundo de los muertos que al propio héroe redentor. Un predicador que aparece en un pueblo minero (maravillosamente fotografiado por Bruce Surtees, otro habitual en el cine de Eastwood) que vive amenazado por la presión que ejerce el cacique local y máximo explotador de la minería de la zona (Richard Dysart). A priori un calco de la trama de 'Raíces profundas' del mismo modo que se le ha acusado de ser una variante de 'Solo ante el peligro', pero es aquí donde Eastwood compone su quinta sinfonía al dotar al Predicador de un aura (casi) fantasmal que nos recuerda, y quién sabe si es el mismo, al personaje de 'Infierno de cobardes'. Ciertas frases de personajes en el film así nos lo hacen creer, que sea una figura del más allá que aparece para ajusticiar, a su modo, a los que en un pasado tal vez acabaron con él.


En un prodigio de montaje, la presentación de El Predicador se nos antoja como una de las mejores escenas jamás rodadas por Eastwood, ahí es nada. Y todo el film rezuma ese espíritu de ocaso del western que tan bien supo reflejar otro grande del cine como fue Sam Peckinpah. Eastwood sabia que el western no era el género que necesitaba el cine en esos momentos, pero sí sabía lo que el cine necesitaba: nuevos retos. Y amén que logró su objetivo por varias razones. Con apenas un presupuesto de 7 millones recaudó 41 millones sólo en USA, todo un logro. Crítica y público asumieron la visión de Eastwood como apocalíptica para el género, pero no hizo sino abrir la puerta para que dos fenómenos sociales se pudieran rodar años después: 'Bailando con lobos' (1990) y la magistral 'Sin Perdón' (1992). Siendo ésta, y no otra, la que en verdad puso el punto y final al género de la manera más solemne y espectacular que podría.


'El jinete pálido' es una oda, un viaje sensorial, un festín para cinéfilos y amantes del western y del cine en general. Un recital de homenajes, revisiones y por supuesto un toque personal e indiscutible de como un autor puede expresar tanta belleza con una historia de venganza. Un verdadero deleite para los ojos. Con los años, este film, junto a 'Infierno de cobardes', 'El fuera de la ley' y 'Sin perdón', configuran una tetralogía de obligada visión, a ser posible por orden de filmación. Por darnos película a película, la oportunidad de ver en cuatro historias diferentes la visión de un hombre hacia un género, una forma de entender el cine y la contundencia de poder decir sobre Clint Eastwood, que estamos ante el último director clásico de todos los tiempos. Sin pudor alguno a poder codearse con John Ford, Hawks, Peckinpah, Siegel, Sturges y por supuesto su amado Sergio Leone.


El Predicador aparece en el film del mismo modo que un susurro entre los árboles. Fantasmal, sin pasado, sin remordimientos. Pero lleno de una ira interior que clama por salir a pesar de sus esfuerzos por evitarlo. Una catarsis que el personaje (y el espectador) asumen con resignación pues es el único camino que les queda como escapatoria. El duelo final, escena cumbre del film, es simplemente apoteósico. De una cuidada planificación y puesta en escena como sólo Eastwood podría hacerlo. Un par de frases a lo largo de esos casi 15 minutos finales pueden parecer pocos, pero en el cine de Clint, es la fuerza de la imagen y sobre todo lo que el espectador percibe y hace suyo, lo que transforma un mero film en una obra maestra.


Sin duda, un film que debe ser visto una vez en la vida. Y si sois inteligentes y con buen gusto...más de diez.

VALORACIÓN: 9/10

CURIOSIDADES DE VIDEOCLUB:
  • El film de género western que más recaudó en los años 80.
  • Clint Eastwood estuvo nominado a la Palma de Oro de Cannes en 1985.
  • El propio Eastwood reveló en entrevistas posteriores que el personaje de El Predicador era en realidad un fantasma.
  • Las escenas en la estación del tren fueron rodadas en el mismo lugar que años más tarde se rodaría 'Regreso al futuro III'



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