LAUREN BACALL: por mí misma y un par de cosas más [ESPECIALES]


Nadie mejor que ella misma, Betty Joan Weinstein Perske, para relatarnos en primera persona  y con total entrega y sinceridad, sus sueños, su sana rebeldía, el trabajo, el dolor por las pérdidas de seres queridos, sus aspiraciones políticas, la soledad  y el amor por su familia.. En  su autobiografía “Lauren Bacall, por mí misma y un par de cosas más”  la actriz nos abre las puertas de su casa y de su alma.

 Escrita originalmente en 1985 y con un bonus añadido 25 años después, desnuda su lado más humano. Hija de una secretaria judía (Rumania), Natalie Weinstein- Bacall “Una mujer orgullosa y honrada que a pesar de las dificultades nunca perdió el sentido del humor” y  un vendedor de material médico, polaco (y ausente) Williams Perske,  pasó a llamarse...













...Betty Bacall  cuando a los seis años  sus padres se separaron y su madre decidió recuperar la segunda parte del apellido.

 Lejos estaba de convertirse en una estrella de cine cuando tras el divorcio, perdieron el rastro de Perske y se mudaron de Brooklyn a Manhattan con lo poco que tenían y el apoyo de sus tíos, Jack y Charlie, incondicionales a lo largo de su carrera.


“No vayas nunca detrás de un chico, si quiere verte te llamará” era uno de los tantos consejos de su madre que  nunca obedeció. No era de las chicas a la que los muchachos miraban y se pasó la adolescencia de desilusión en desilusión. Tampoco tenía claro lo que quería para su futuro, así que intentó con el ballet, pero no estaba hecha para eso, después estudió periodismo "podría ser reportera" y pensó en ser enfermera hasta que vio sangre y desistió. En fin, si con algo se identificaba realmente era con las actrices de la época (Bette Davis; Katharine Hepburn; Vivien Leigh) por lo que terminó a regañadientes el secundario y accedió a la Academia estadounidense de Arte Dramático (con ayuda de los tíos) donde se hizo tiempo para  coquetear con Kirk Douglas.


 Corría el año 1941 cuando comenzó su carrera de maniquí profesional en la Séptima Avenida con 16 años y tiempo después se propuso ser acomodadora en un teatro, de modo que “aunque comiera salteado y mal, podría ver las obras, aprender y hacer contactos”. Un crítico la describió en su columna Esquire como “la acomodadora más guapa de la ciudad”. Además bailaba en una cantina de temática teatral por la que pasaban figuras de la talla de Judy Garland los fines de semana y el resto de los días  repartía  folletos y dejaba sus datos a cuánto productor veía. Algo sabía, quería actuar y no pasó mucho tiempo hasta que lo consiguió. Un tal Rowland Brown y su hermano Anthony la incluyeron en una función de la obra Johnny 2 x 4, sin texto, en Broadway. “Aunque fueran 15 dólares a la semana, iba a estar debajo de los focos”.
 Para entonces ya había añadido una segunda “L” a su apellido con el fin de evitar equívocos en la pronunciación.
 El sueño duró ocho semanas y las críticas no fueron para nada buenas, sin embargo daba el primer paso de una carrera que no sería fácil, pero tampoco imposible. A partir de ahí  nada la detendría. En 1942 participó por última vez en teatro en 17 años con George Kaufmann, en una obra con algunas líneas de texto y empezó a sentir la “necesidad de aprobación, estima y aplauso” de la profesión.


 Lo siguiente fue posar para la revista de moda Harper´s Bazaar a cargo de Diana Vreeland en la que podía leerse a modo de epígrafe de una foto “La modelo es la joven actriz Betty Becall” (el apellido estaba mal escrito, pero qué mas da, era actriz). Varios productores se interesaron en ella, incluso la llamaron de Columbia Pictures, pero el tío Jack le recomendó que aceptara viajar a California para entrevistarse con Howard Hawks, porque  conocía su trayectoria. Bacall tenía 18 años y  fue descubierta  por la mujer de Hawks, Nancy (Slim), en la revista. En su autobiografía la describe así: “poseía ciertamente una belleza que era de mi gusto, impoluta, saludable, radiante y preciosa y sin duda tenía algo de pantera”.
 La película era Tener y no tener y su fecha de inicio, febrero de 1944, con Humphrey Bogart.


 En su primera aparición Slim (la protagonista) debía acercarse a la pared de la habitación de Steve y preguntarle si tiene fuego a lo que él responde tirándole una cajita de fósforos. Ella da las gracias, le devuelve la cajita y se va. Parece una tontería pero le temblaban tanto las manos y la cabeza que atinó a pegar la mandíbula al pecho y alzar la vista hacia Bogart, lo que significó el nacimiento de “la mirada”, sobrenombre que la seguiría camino al estrellato. No era en absoluto una pantera sino mas bien un gatito asustado, pero nadie se daría cuenta. El matrimonio Hawks se encargó de cambiarle el nombre por Lauren, ya que había muchas Betty en el cine (Betty Grable; Betty Hutton, Bette Davis), la voz, que era muy aguda y el aspecto, sería refinada pero conservaría su estilo.

 La relación que estableció con Bogart inmediatamente traspasó la pantalla y no tardó en conocerse en el ambiente a pesar de que él estaba casado con su tercera esposa (Mayo Methot). La primera fue Helen Merken, una actriz de Broadway y la segunda Mary Phillips. Su tercer intento no fue mejor que los anteriores, a la pareja la llamaban “Los belicosos Bogart” por las continuas y violentas peleas que tenían y por la adicción al alcohol de ambos. Algo con lo que Bacall tuvo que lidiar bastante ya que cuando tomaba se ponía agresivo. La diferencia de edad era notoria, él tenía 44 y ella 19. Así mismo tras un tiempo de encontrarse de manera clandestina por las madrugadas,  Bogart se separó y se casaron. A los 49 años él sería padre por primera vez de Stephen (por el personaje de Tener y no tener, Steve). 


 Lauren supo arreglárselas con la maternidad, la casa y el trabajo bastante bien. “No como las mujeres anteriores de Bogie que priorizaban siempre el trabajo por sobre la familia”.
Vivieron una época muy feliz en la que compartieron cartel en  películas como Sueño eterno y La Senda peligrosa. Su última aparición para la Warner sería junto a Gary Cooper en El rey del tabaco de1950. A partir de allí no todo fue color de rosa,  a los 19 años afrontó la muerte de su abuela y más tarde la de sus queridos tíos, la tía Rosalía, Bowie y su madre. Pero gracias al trabajo y sus amigos siempre pudo salir adelante. Durante el rodaje de “La Reina de África” ella acompañó a su marido y allí conoció a Katharine Hepburn con quién entablaría una amistad que duraría 50 años. También se cuentan entre los más cercanos a Spencer Tracy, Laurence Olivier y Vivienne Leigh, Frank Sinatra y Judy Garland.
  
 En 1952 la familia se agranda un poco más  con la llegada de Leslie y nada hacía preveer que la alegría solo se quedaría en casa hasta 1956 cuando Bowie empieza a mostrar signos de la enfermedad contra la que luchó hasta su muerte un año después.
 En la Warner y en la Twentieth Century fox se guardó un minuto de silencio en su honor.

 Su vida acababa de dar un giro inesperado, a partir de entonces se dedicaría a sus hijos y a viajar, algo que le hacía muy bien. Aunque no quería involucrarse con ningún hombre, estuvo a punto de casarse con Sinatra, pero finalmente terminó haciéndolo con el productor de teatro Jason Robards, otro bebedor empedernido con quien tuvo a su tercer hijo, Sam, antes de acabar la relación.



 Era hora de dedicarse de lleno a su profesión y así lo hizo, en los ´60 volvió al teatro, trabajó con Barbra Streisand y cumplió el sueño de hacer un musical, Aplausse, que le valió un premio Tony.

 A modo de posdata, a sus setenta años nos regala un poquito más de sus “crónicas de superación personal” como lo describió El Periódico. Siguió trabajando, ejercitándose y disfrutando de sus hijos y nietos. Viajó mucho para presentar el libro y conoció a mucha gente. Se adaptó a los nuevos directores y su manera de manejarse, había entendido que era una actriz de reparto y se lucía en sus interpretaciones.


 Se llevó un Cesar, el equivalente francés al Oscar, premio que no pudo ganar en aquella velada  amenizada por Billy Cristal. Estaba nominada por El amor tiene dos caras como mejor actriz de reparto pero quedó en manos de Juliette Binoche por El paciente inglés. De todos modos fue galardonada por el Centro Kennedy “probablemente la mayor distinción que esperaba de Estados Unidos”.

 A menudo se quejaba de las películas hechas por aquellos que saben mucho de dinero pero poco de tratar con artistas.

En Estados Unidos la prioridad siempre es el éxito – decía - que es un medio para conseguir dinero, que a su vez te permite comprar la casa más grande, el coche más caro, aviones privados, la admisión en el grupito de los grandes empresarios, etc, pero por desgracia la calidad de vida es secundaria, porque con tanta obsesión por las cosas materiales (…) valores como la creatividad, la imaginación y los principios desaparecen".

 Como verán no tiene pelos en la lengua para cantarle la justa a quien sea. A pesar de ese aire de pantera que vio en ella la mujer de Hawks, lo cierto es que nunca perdió del todo el miedo al escenario y se describe como una persona bastante inocente e insegura de sí misma. Lauren Bacall en éste libro nos abre el corazón de par en par, nos invita a repasar su carrera de manera amena  y nos confiesa sus bajas y sus altas en un emocionante viaje interior en el que se percibe a  la persona detrás de la actriz. 






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