LA ISLA MÍNIMA: No Habrá paz para el Neo-Noir Español [CINE]

Que el cine negro tiene más que ver con la atmósfera que con el crimen lo sabemos desde hace más de setenta años. La expresión Cine negro (cine Noir) fue acuñada por el crítico italiano (aunque paso toda su vida profesional en Francia)  Nino Frank en un artículo publicado en 1946. Con ella Frank hacía referencia a un conjunto de películas filmadas en Estados Unidos principalmente durante las décadas de los 40 y 50 unidas en primer lugar por una temática delictiva y detectivesca pero sobre todo una concepción estilística común.  Rozando el expresionismo, con un pie en lo elegante y otro en lo lóbrego, él cine negro se construye desde los ambientes, desde las sensaciones. No hacen falta ejemplos, pero aquí van: La primera película considerada abiertamente dentro del género fue “El halcón maltés” (John Huston, 1941) una de las últimas “Vertigo” (Alfred Hitchcock, 1958) lo dicho, no hacían falta los ejemplos.

El género negro sirvió para...



...mapear los rincones menos transitados de la sociedad. El hampa, el crimen, los desheredados, los desesperados. Como dijo en una ocasión José Luis Garci en el Noir confluyen la herencia de una literatura dura, del psicoanálisis, el sadismo, el masoquismo y todo ello en un mundo turbio. Con los años, sobre todo a partir de la maravillosa década de los 70, el término mutó, ya no estábamos recuperándonos de la Segunda Guerra Mundial y el cine había cambiado mucho.  Apareció entonces la denominación Neo-Noir que, a la postre,  ha resultado ser deliciosamente cambiante. Si bien el cine negro clásico estaba unido por una concepción visual muy reconocible (oscuridad, contraluz, ángulos de cámara escorados) el Neo-Noir siempre ha jugado a replicar estos cánones, pero también a modernizarlos cuando no a contravenirlos, pero ha permanecido inalterable esa vocación de hundirse en los lugares por donde no solemos querer transitar. Con la perspectiva que nos da el siglo XXI podemos afirmar que el cine negro y todas sus mutaciones y transformaciones configura una corriente que atraviesa la historia del cine. Setenta y tres años han pasado desde “El halcón maltés” y jamás se ha dejado de hacer Noir. Junto con el terror, ha demostrado ser  el género más maleable, como si los personajes que lo pueblan hubieran transmitido su capacidad de sobrevivir a todas las adversidades al propio celuloide.  Un hilo invisible parece unir  a Sam Spade, a Travis Bickle y a Oh Daesu. Tres hombres rudos atrapados en tres ciudades opresivas. Tres visiones sobre la soledad, la masculinidad y las mujeres. Tres hombres profundamente negros.  


Para darnos cuenta de que Alberto Rodríguez sabe esto perfectamente solo hace falta echarle un vistazo a los títulos de crédito de “La isla mínima”. Imágenes aéreas de las marismas del Guadalquivir que dibujan un mapa cerebral, un espacio extraño, un no-espacio donde toda la película transcurrirá a medio camino entre el western crepuscular y el Gótico sureño más opresivo.  Con semejantes referencias uno tendría a pensar en una amalgama difícil de digerir pero unos de los mayores logros de la cinta es como consigue una historia profundamente española. Muchos han querido ver en True Detective un referente de la cinta de Rodríguez (cuestión por otro lado cronológicamente imposible) pero lo cierto es que, al menos para quien suscribe, el pequeño pueblo andaluz donde se desarrolla la historia lejos de ser un trasunto de Luisiana apesta (en el mejor de los sentidos) a

“Los santos inocentes”. Si tuviésemos que buscar un punto donde el director y coguionista ha echado el ancla este sería “Memories of murder” (Bong Joon-ho, 2003) cinta coreana que muestra la caza de un asesino en serie de mujeres en una pequeña localidad. Pero lo cierto es que al margen de las similitudes argumentales lo que une a ambas cintas es la apuesta por un tenebrismo sosegado que en el caso de la cinta española se apoya en una dirección de fotografía portentosa, obra de Alex Catalán y por una banda sonora omnipresente y de una sutileza exquisita, compuesta por Julio de la Rosa.



 El asesinato de un par de hermanas en un pequeño pueblo andaluz a principios de los ochenta desata la trama de la película que sigue los recovecos de la investigación llevada a cabo por dos policías llegados de Madrid. Dos agentes caídos en desgracia por muy distintos motivos que avanzan a trompicones entre el fango de un pueblo que parece descomponerse por momentos. La película nos muestra una España en transición antes de “La Transición”, antes de Victoria Prego, antes de Felipe González, donde los monstruos se han convertido en funcionarios y la violencia física y simbólica aún se encaja con la cabeza gacha.  La isla de Rodríguez consigue de forma admirable no caer en la banalización del mal. La constante sensación de amenaza no proviene de trampas ni de trucos sino de un guión escrito con una contención admirable donde los arranques de violencia son tan naturales que más que asustar desarman.


Mención especial requiere un reparto en estado de gracia encabezado por Raúl Arévalo y un  Javier Gutiérrez que es carne de Goya. Mucho se ha escuchado de la interpretación de ambos actores, todos los parabienes que hayan podido leer son justos, pero no hay que olvidar un reparto sólido y creíble. Si me aceptan un consejo no le quiten ojo a  Nerea Barros ni a Antonio de la Torre.

Finalizada la película, en realidad, varios días después de verla no logro quitarme de la cabeza  la sensación de estar siendo vagamente consciente de un movimiento subterráneo dentro del cine realizado en España. “La isla mínima” viene a sumarse al olimpo de “No habrá paz para los malvados” (Enrique Urbizu, 2011) o “Magical Girl” (Carlos Vermut, 2014). Hay un nuevo cine negro español que desde hace algunos años está empezando a colarse en nuestras pantallas dejando un rastro reconocible. Historias criminales con un enorme peso de la corrupción política en la trama. Una violencia seca, sin artificios. Presencia de policías entre los personajes y un peso muy grande de los roles masculinos. Ahí esta “La caja 507” de nuevo de Urbizu pero también la dualogia sobre Gloria Duque:  “Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto” y “Solo quiero caminar” de Agustín Diaz Yanes. “La noche de los girasoles” de Jorge Sánchez-Cabezudo (autor también de la espléndida serie “Crematorio”) o incluso “La piel que habito” de Pedro Almodóvar. La lista podría ser mucho más larga pero no es mi intención realizar un compendio pormenorizado sino recalcar que estamos viviendo un repunte del Neo-Noir en España que lleva visos de convertirse en un género importante de esos que dentro de unos años ocuparán libros. Citando (más o menos) a Bruce Willis, solo hay tres verdades eternas: el cielo es azul, el agua moja y el cine español está en crisis. Las críticas arrecian y los espectadores escasean.



Un buen amigo escribió en una ocasión que “el arte merece arte por respuesta” y rara vez en nuestro país hemos sabido ver que apoyar al cine patrio es necesario para que en el futuro tengamos un cine mejor. España es un país con una larga tradición de desprecio por la cultura, pareciera como si el oficio de artista (ya sea cineasta, escritor o cualquier otra disciplina) fuese eternamente sospechoso de poco honrado y por lo tanto poco digno de respeto. De esta forma se ha instalado una controversia que produce un debate estéril donde curiosamente defensores y detractores del cine hecho en España suelen usar argumentos prejuiciosos, cuando no pueriles. No pretendo defender todo “nuestro” cine, hay algunos ejemplos dignos de un museo de los horrores dirigido por Uwe Boll, pero si señalar que esta interminable y aburrida discusión nos impide en muchos casos observar con precisión y disfrutar de lo que ocurre en nuestras pantallas. Alberto Rodríguez ha conseguido una película mayúscula que derriba mitos y prejuicios y que logra inscribirse en un nuevo cine español, en un Neo-Noir español que tiene pinta de que nos deparará muy buenos malos ratos en el futuro.

VALORACIÓN: 8/10

2 comentarios:

  1. No debemos olvidar que el género negro (en la más amplia acepción del término y en todas sus variantes) alza el vuelo en épocas de crisis, tanto morales como económicas. Por eso no es extraño que en estos momentos viva un época de esplendor.

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    1. Tienes toda la razón Antonio. Junto con el género de terror, el negro, siempre vive un repunte en épocas de crisis.

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