DAVID LYNCH o EL IMPERIO INABARCABLE [ESPECIALES]

El cine es el arte más parecido a soñar. Te sientas en una sala oscura y el sonido y la imagen te atrapan. Pero no eres un mero espectador, porque ése juegos de luces, música y ruido crean en ti sentimientos muy primarios. Te ves inmerso en un mundo que se dibuja ante ti pero que no controlas en absoluto. En realidad esto solo es así en ocasiones, solamente cuando el cine es arte y no otra cosa. Solamente cuando el creador consigue tejer sueños en un lenguaje claro y suficientemente maleable como para que nosotros, los sujetos pasivos sentados frente a la pantalla, podamos identificarnos y asumir el mensaje como propio. Y este es al caso de un creador con mayúsculas. David Keith Lynch.
Lynch como cineasta es...














... dueño y creador de un universo absolutamente reconocible y al contrario de lo que suele decirse tremendamente sencillo. Los parámetros con los que construye su cine, aparte de ser constantes y repetidos, siguen una lógica clara y comprensible, aunque esa lógica en ocasiones sea surrealista o incluso dadaísta. Esto no significa que sea el creador de un cine de fácil consumo, no lo es. Pero no por una complejidad que muchos le atribuyen sino porque el juego que nos propone, los cánones con los que trabaja son muy extremos, dispara a los miedos y las sensaciones más primitivas que todos tenemos dentro y eso es algo que no a todo el mundo le gusta.

David Lynch siempre ha escarbado en la realidad triste, pavorosa e inquietantemente bella que permanece oculta tras la fachada de normalidad en que vivimos. Es una constante en su obra. Suele mostrarnos perfectas postales del sueño americano, con casas de valla blanca y césped verde. Una imagen de tranquila normalidad que salta en mil pedazos abriendo una grieta por donde puede entreverse un mundo muy distinto. Simplemente un detalle que lo cambia todo. Ya puede ser una oreja amputada, el  asesinato de una bella joven, unas extrañas cintas de video o un accidente de tráfico. El símbolo cambia, pero no la reacción que provoca. Los personajes ven como se rompen los cánones de lo que consideran normal y se adentran en un nuevo paradigma.

Y es en este punto donde Lynch comienza a apoderase de nosotros sin remedio, gracias a su impresionante capacidad para crear atmósferas opresivas. La textura de sus imágenes siempre está muy cuidada y casi siempre es porosa, con un toque de imperfección. Su paleta está llena de colores degradados por una luz macilenta. Junto a esto David Lynch es uno de los pocos directores que conocen realmente la diferencia entre música y sonido. La música en su cine es vital (artículo aparte merecería Angelo  Badalamenti, su maravilloso compositor fetiche). Siempre con un toque de los años cincuenta, enmarca los momentos más importantes con una belleza sutil. Pero es el sonido lo que definitivamente convierte su cine en una experiencia sensorial completa. Ruidos ininteligibles, sonidos extraños que parecen ocultarse tras las imágenes. Nuevamente el genio de Montana jugando con las texturas, en este caso la textura del sonido.
Muchos directores saben crear marcos adecuados para sus películas, pero flaquean a la hora de rellenar esos armazones de una buena historia. La potencia visual de Lynch sin embargo se ve incluso potenciada por un estilo muy especial a la hora de describir tanto a los personajes como los acontecimientos que forman la trama. Ya hemos comentado como la estructura de sus films suelen girar en torno a un acontecimiento que cambia la vida de los personajes, los cuales se ven inmersos de repente en un mundo que les es muy ajeno. Partiendo de ese punto los personajes cambian y la forma de crearlos, es decir de escribirlos, se bifurca en una multitud de caminos narrativos muy especial. Una de las técnicas más repetidas en sus esquemas, y que es un claro ejemplo de lo que comento, es sacar una parte de la personalidad de sus protagonistas (normalmente la más oscura y la que más se niegan a sí mismos) y darle una presencia física. En ocasiones interpretado por otro actor, como el hombre de negro de “Carretera perdida” y en otras ocasiones simplemente cambiando alguna característica física, como en “Mulholland drive”. El juego de espejos remite a la terrible pintura de Dorian Gray. Al igual que el genial Oscar Wilde, Lynch nos muestra las deformidades que acarrean ciertas partes del alma a través de una imagen externa que no es otra cosa que una proyección del interior.

Al margen de estas obsesiones formales, su cine no deja de ser un reflejo de la vida de cualquiera. Se asoman a sus historias el amor, la pasión, la melancolía o la amistad. Pero lo que realmente le hace especial es su forma de reflexionar sobre las mismas. Pocos cineastas logran entregar a sus espectadores piezas de arte tan abiertas a una relectura, que permiten tanto ver más allá de una historia cerrada por el director, regalándonos un viaje en absoluto finito. Nosotros tenemos que poner algo de nosotros mismos para dotar de vida al celuloide dormido. Resulta refrescante que un director no tome por estúpida a su audiencia y proponga un juego complejo tanto estética como moralmente. Introduciéndonos en un vasto universo de arte, pasión y muerte.

David Lynch está creando el mapa de un imperio sin fin. Tan inabarcable como los sueños, tan corpóreo como los recuerdos y tan hermoso y terrorífico como el amor.
Y después de todo lo expuesto, solo queda una cosa que decir.
SILENCIO.



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