WILLIAM WALLACE NUNCA FUE BRAVEHEART [CINE PARA NOVATOS]

¿Quién fue Braveheart? No quien dijo Mel Gibson en la célebre película. Con ese sobrenombre se conoció a Robert Bruce, que terminó de rey de Escocia. Su corazón fue el que viajó a España.

William Wallace fue un terrateniente escocés que participó en las luchas que tuvieron lugar en su tierra a comienzos del siglo XIV al quedar Escocia sin rey. Pero su apodo nunca fue el de Braveheart (corazón valiente) por más que así se lo atribuyera Mel Gibson en su película del mismo nombre. Braveheart fue el sobrenombre de quien llegaría a coronarse rey al final del conflicto: Robert Bruce...




Bruce no era el candidato más fuerte ni el más popular. De hecho, al principio ni aspiraba al trono escocés y rindió juramento al rey Eduardo I de Inglaterra. Pero fue el que tuvo más suerte y llegó a rey casi arrastrado por el torbellino de las circunstancias. Compartió el cargo de Guardián de Escocia (regente) con el pretendiente con más posibilidades, John Comyn, al que se quitó de en medio atrayéndole a una trampa y asesinándole ante un altar. Un crimen que le ganó una corona, pero de paso la excomunión.


Bruce juró acudir a las Cruzadas para expiar su sacrilegio, pero falleció de lepra en 1329. En su lecho de muerte, aterrado ante la idea de la condenación eterna, rogó que enviasen su corazón a la Cruzada. De cumplir esa voluntad se ocupó su mano derecha, James Douglas.


Héroe de las recientes guerras, Douglas el Negro se colgó al cuello el corazón del rey muerto, dentro de un relicario, para llevarlo a Tierra Santa. Y de esa guisa, junto con varios caballeros, escuderos y servidores, se puso en camino hacia el sur. Los ingleses le dieron paso franco por su reino. Cruzó el canal de la Mancha y desembarcó en Flandes, donde se le unieron varios caballeros flamencos, fascinados por una empresa tan bizarra. Pero, en lugar de dirigirse a Tierra Santa, marcharon antes en peregrinación a Santiago de Compostela, para ganarse el jubileo. En algún momento de su viaje por España, los escoceses supieron que el rey Alfonso XI de Castilla estaba a punto de iniciar una nueva guerra contra el reino musulmán de Granada, a la que el Papa había otorgado la categoría de Cruzada. Ya no era necesario el viaje hasta Tierra Santa. Todo el séquito se dirigió hacia Granada.


Llegaron a tiempo de unirse a la campaña. En Sevilla se había congregado un gran ejército. A los soldados de las cuatro coronas hispánicas, Castilla, Aragón, Navarra y Portugal, había que sumar cruzados extranjeros. Ingleses, franceses, borgoñones, alemanes, llegados en busca de gloria, botín o beneficios espirituales. Se dice que don Alfonso XI reconoció la valía del famoso Douglas dándole enseguida el mando de todas las tropas extranjeras.

Pronto se vieron ante el castillo de la Estrella, en Teba (hoy Málaga). Comenzó un asedio complicado, con la intervención de zapadores, ballesteros y máquinas de guerra. La distancia entre el castillo y el río Guadalteba, al que los sitiadores debían ir a por agua, se convirtió pronto en un problema tan grande como la resistencia enconada de los defensores del castillo.


Aguadores y pastores sufrían ataques constantes del ejército de Granada, que estaba al acecho al otro lado del río. Ejército reforzado por miles de «voluntarios de la fe», una especie de cruzados a la musulmana, procedentes del norte de África y dirigidos por el anciano general Ozmín. En esa situación complicada encontraron su final los cruzados escoceses, en pleno agosto.

Parece ser que Douglas y varios de sus hombres acudieron a repeler la incursión de una partida de jinetes moros que habían cruzado el Guadalteba. Los españoles habían advertido a los escoceses acerca de la táctica del tornafuye: fingir una huida para que el enemigo se desordenase en la persecución; luego sólo era necesario revolverse contra ellos por el centro y envolverlos por los flancos, y aniquilarlos. Algunos escoceses picaron.


El veterano Douglas, que sí se apercibió de la trampa, acudió en ayuda de sus compatriotas en apuros. Así murieron todos. Se supone que los moros no reconocieron sus señas (tres estrellas blancas sobre azul) porque, de lo contrario, habría tratado de capturarles para conseguir un buen rescate. Por tanto, ese día de agosto murieron Douglas y los suyos, y nació una leyenda.

Tanto los cadáveres de los cruzados como el relicario con el corazón acabaron siendo rescatados. ¿Cómo se recuperó el segundo? Es un misterio sometido a discusión e hipótesis. Lo cierto es que regresó a Escocia, custodiado por aquellos caballeros escoceses que, por no haber salido a campear, sobrevivieron al desastre. Los arqueólogos encontraron el relicario con el corazón cuando abrieron la tumba de Robert Bruce, hace unos años.


También volvieron a su tierra los restos mortales de James Douglas, o al menos una parte. Allí en Teba, hirvieron su cadáver en vinagre para separar la carne de los huesos. La primera la enterraron en el lugar. Y los huesos los mandaron a Escocia, donde reposan en la actualidad.

Dice la leyenda que Douglas se arrancó el relicario del cuello y lo arrojó hacia delante, para acto seguido cargar hacia la muerte. Cuentan también que lanzó su última proclama mientras espoleaba a su montura. Hay distintas versiones sobre qué gritó en aquel último trance y hemos de suponer que son todas invenciones. Porque ninguno de los suyos vivió para contar qué fue lo que hizo o dijo Douglas, y los bereberes que le atacaban por todos lados no debían estar tan viajados como para entender el escocés.

La mayor parte de las versiones afirman que gritó: «Muéstrame el camino, Braveheart (corazón valiente), que yo te seguiré o moriré». Hay unas cuantas variantes. Yo me quedo con una que leí en su día en Internet, en la que Douglas arrojaba el relicario al grito de: «¡Ve delante, Braveheart, que yo te seguiré a la muerte, como te seguí en vida!»



¿Falso? Seguro. ¿Hermoso? Mucho, sin duda.

Fuente:
León Arsenal es autor de «Corazón Oscuro. La cruzada escocesa en la frontera de Granada»

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