BIG BAD WOLVES [CINE]

El cine israelí no se prodiga mucho por nuestro país. Más que nada por falta de distribución. Pero gracias a festivales y certámenes poco a poco vamos descubriendo que creadores y realizadores del país hebreo tienen mucho que decir. Una apuesta, arriesgada por su fondo y su forma, es 'Big Bad Wolves'. Dirigida a la limón por Aharon Keshales y Navot Papushado, que en 2010 ya trabajaron juntos en la realización de 'Rabies', nos reformulan la eterna discusión de la justicia por nuestra mano. Esta vez con uno de los tabús más polémicos: la pèderastia. Un tema muy delicado y lleno de espinas que aún resulta más escalofriante ante la puesta de escena de ambos directores. Firmando uno de los guiones más inusuales de los últimos años nos hace palidecer por momentos ante la manera casi cómica de visualizar la violencia. No sólo cogen el tema de los pederastas con pinzas sino que además ponen sobre el tapete la descarnada defensa de la tortura como redención tanto para el agresor como para el torturador. Si bien...



...la cinta juega sin mancharse las manos (es un decir) deambulando entre el tono cómico, que roza lo grotesco en muchas escenas, con el drama duro y directo, es este vaivén lo que quizás no la hace del todo redonda. Mantiene un difícil equilibrio entre lo que quiere decir, lo que deja intuir y lo que sobrevuela en todo momento durante el metraje. No hay concesiones al público. Los tres personajes principales, el policía, el padre de la víctima y el supuesto pederasta, desencadenan un tour de force que raya en la locura por momentos. Un despiadado retrato de la des-humanización del hombre, tanto en lo físico como en lo espiritual que no deja al espectador decantarse por un lado u otro.


Un dilema tan voraz como los lobos que describe el guión. ¿Quien es el lobo realmente? ¿Es lícito la violencia extrema ante bestias extremas?¿Dónde y quién pone el límite? Las vueltas y giros del guión, con la entrada de un personaje que hace aún más retorcida la historia, el abuelo de la víctima, nos pone ante la difícil tesitura de enmarcar en unos cánones a los tres personajes. Pasamos de la incredulidad a la firmeza en minutos. Del apoyo incondicional a la duda. Es el gran mérito de los directores. 


Un caso aparte es la interpretación del trío principal. Desconocidos aquí pero que deberían prodigarse más por estos lares. Sobre todo el padre de la víctima, Gidi (Tzahi Grad) que compone un cruel, despiadado y casi anodino personaje que conjuga lo peor del alma humana con la calidez de un padre fiel, un marido fatal y un hijo que se presta a los consejos de su progenitor. Brutal su interpretación.


La tortura, eje principal de la historia, se nos presenta como un festival de macabra e insana demagogia ante el qué se debe hacer con semejantes lobos. Lo fatal es que la idea de que estemos juzgando a la persona equivocada nos hace sentir distantes de los personajes torturadores. Pero una y otra vez sentimos la necesidad de justificar sus actos. Una variante del cuento de Caperucita Roja con un estilo que da protagonismo exagerado al cazador disfrazándolo de Lobo Feroz.


Actos, torturas, violencia y descarnada denuncia (curiosa la utilización de un personaje secundario que interpreta a un vecino árabe) que nos deja sin aliento en la última secuencia del film. Sólo apta para mentes abiertas. Pues nada más presenciar ésa escena, sentimos la imperiosa necesidad de auto juzgarnos por lo que hemos pensado, sentido y asimilado. Un broche final antológico que no deja indiferente a nadie y hace recuperar al film que por momentos decae ante tanta dualidad.



VALORACIÓN: 7/10

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